PREVENIR LOS SUICIDIOS, UNA TAREA DE TODOS

El solo hecho de leer que el suicidio, a escala mundial, es la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años —de acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS)— causa preocupación y dolor.

Muchas veces me he preguntado qué piensa y siente una persona al momento de quitarse la vida. Todos los seres humanos, absolutamente todos, en algún momento experimentamos dolor, desesperación, rabia, impotencia, depresión… pero, ¿serán estos motivos suficientes para tomar esta fatal decisión?

Alrededor de 800 000 personas que se suicidan cada año en el mundo, según datos de OMS. En Ecuador, esta realidad no es diferente.

Entre enero y diciembre de 2020, a nivel nacional, se han registrado 672 tentativas de suicidio y 321 suicidios, de acuerdo con los datos estadísticos de la Central Ecuatoriana de Emergencias. En 2019, se reportaron 631 intentos y 280 suicidios.

El total de emergencias relacionadas con intentos autolíticos —desde el 12 de marzo al 1 diciembre de 2020— es de 448 casos, además, las alertas vinculadas con suicidios, en el mismo período de tiempo, suman 232. Una conducta autolítica es la presencia persistente en un individuo de pensamientos o ideas encaminadas a cometer suicidio; el término autolítico ha sido adaptado desde la Biología a la Medicina y la Psiquiatría.

En muchos de los casos, gracias al apoyo de las cámaras de seguridad del ECU 911 y la pericia de los evaluadores de videovigilancia o de llamadas del 9-1-1, se pudo evitar que las personas atentaran contra sus vidas, luego de una actuación oportuna de las unidades de primera respuesta en territorio; pero creo que mitigar esta problemática requiere esfuerzos más integrales que se enfoquen en prevenir estos hechos desde sus bases.

En un mundo hiperconectado y globalizado, a veces parece que no sucediera mayor cosa, pero no es así. En el planeta, hay una muerte por suicidio cada 40 segundos, según la OMS. Los padres y docentes somos los primeros llamados a identificar las incertidumbres, desazones, dificultades que experimentan los niños, niñas y jóvenes.

Todos los países del mundo han diseñado estrategias para minimizar este penoso indicador. Se ha intentado restringir el acceso a los medios para suicidarse, se ha difundido información responsable y orientadora, se da seguimiento en estados tempranos, se ha ejecutado procedimientos de detección y acompañamientos psicológicos, entre otras acciones, pero creo que lo más importante es brindar a los niños la certeza de que tienen a quién recurrir por ayuda, algo tan elemental en estas épocas y que está tan postergado por la hipervelocidad a la que este mundo se desarrolla.

En este sensible tema, es necesario un enfoque holístico y transversal, que involucre de manera activa al núcleo familiar y a la estructura educativa.

Las cifras son un llamado de atención para que, desde el lugar en que nos encontremos, nos convirtamos en seres solidarios y sensibles ante aquellos que sufren más que nosotros y que necesitan una palabra, una sonrisa, una mano extendida, un gesto que les devuelva la paz a sus atribulados corazones, pero también personas críticas e informadas que podamos detectar y encaminar hacia asesoría o ayuda profesional, con el fin de preservar lo más importante: la vida.

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