Resuma lo imposible

¿Quién no deseó llevarse el mar a casa, atravesar el cerro desde la arteria de un río difunto o revolotear entre dragones?

¿Quién no deseó llevarse el mar a casa, atravesar el cerro desde la arteria de un río difunto o revolotear entre dragones? La parte por el todo de esta inmensidad llamada mundo bordea esos deseos. Nos enfrentamos a un universo infinito para la ciencia, pero autoconcluyente en nosotros, pues solo beberemos unas gotas; rozaremos sus criaturas y diremos adiós. En la brevedad de ese relato que es la vida dejaremos el mar, el cerro y los dragones de cristal de nieve sobre las casas... Y mientras la mirada de la infancia —cómplice del absurdo más bonito— muta conforme anclamos en otras tierras: la escuela, el patio familiar; la vejez de la casa… el contacto con la literatura nos lo devuelve todo.

Los libros —esos surtidores de mundos perdidos—, irrumpen en el alma con paréntesis que la memoria premia. Y como todo —hasta lo imposible— cabe en la mochila, conviene tener presente la apuesta de los niños por la vida en esa renuncia que los elige (a los libros); porque instantes antes seguro creían —acaso como nosotros— que lo bello los esperaba al otro lado de la montaña.

Cuidar al lector es pensar cómo salvar el todo por la parte. Antes de pedirle que resuma el libro o el cuento, piense que ya consiguió lo imposible; y que resumir es contar con muy pocas palabras lo que a alguien le ha tomado años o días (en el menor de los tiempos). Piense que en un texto de auténtica belleza no sobra o falta nada, ¿para qué resumirlo? Las sensaciones que esa parte del vasto universo puso en el lector desaparecerán tras el pesado esfuerzo de recontarlo así, con mínimos recursos. No vale la pena.

El resumen mata las ganas de leer; deshoja la poesía del relato más frondoso; lo seca. Que la apuesta en el aula sea por ese paso a otra dimensión, respetuoso del tiempo de cada uno, de los desengaños, sin otra ambición que la de callar: preguntar, responder y callar, sin impaciencias que alteren el viaje natural de lo leído en los mares del corazón.