Leer en la cama: el gran secreto

Si Scheherezade hubiese puesto punto final a la primera de las mil y una historias que llegó a contarle al rey, habría muerto bajo la luna de Persia como las concubinas anteriores.

Si Scheherezade hubiese puesto punto final a la primera de las mil y una historias que llegó a contarle al rey, habría muerto bajo la luna de Persia como las concubinas anteriores. El relato inconcluso de esa primera noche se encadenó al relato eterno de sus vidas, y el artilugio de la postergación fue su coartada: el asombro, la intriga y el aplazamiento ergo final feliz.

Como Scheherezade, suspender el relato en el punto en que la niña o el niño espere con ansias para saber qué rumbo tomará el remolino de viento, o el lobo, o la pluma del pesado abrigo de la bruja, será la clave de supervivencia del lector que espera la luz amarilla de la lamparita para retomar, en la voz de la madre o del padre, el final impaciente, ese desenlace oportuno gracias al don de los deseos que no terminan cuando acaba el libro.

Son dos las palabras secretas: expectativa y suspenso. Genere en sus hijos e hijas la mayor curiosidad posible en torno al libro que leerán, a la historia siguiente, y sepa dónde parar por breve que sea la historia, para que saboreen la ilusión de esa espera en labios de los sueños. La pulsión de vida de reencuentro con la página oscurecida por el interruptor de la lamparita, y por el beso de buenas noches, traerá consigo no solo la avidez por retomar el hilo, por permanecer en el universo del relato; sino la voluntad de llegar por sí mismos a desentrañarlo. Muchos niños han anticipado el aprendizaje de la lectura gracias a este truco, señuelo, o trampita de la ilusión.

Lo más simple: “Hasta aquí llegamos hoy, mañana seguimos”. O con algo de bondadosa maldad: “¿Quieres saber qué le dice el ogro? O: ¿Te gustaría saber cómo acaba? Pues mañana, tenemos muchas noches todavía”. Lo mismo que habrá pensado la esposa del sultán cuando ya no tenía que contar historias para sobrevivir.